Esclavos del Bisturí

Por: Lizbeth Palacios

“Ya, a las siete de la noche ella no aguantó y comenzó a llorar. Se sentía sola y estaba desesperada. Quería comer, quería salir, quería irse de ese lugar. Una enfermera entró y le dijo al médico: “Rájala que ella está ahí llorando’’. “

Estaba pronta a cumplir sus 40 semanas de gestación. Todo marchaba bien, bebé sano, citas completas, trato agradable, nada de riesgos. Ambiente excelente para eliminar los temores de que no saldría bien su nacimiento. Ese día 21 de marzo 2011, era su penúltima cita del ciclo antes del ‘’due date’’ aproximado, 31 de marzo 2011. Casualmente, al monitorear al bebé como de rutina notaron poco movimiento por lo que fue enviada al hospital para asegurarse que no pasaba nada y que no habría riesgos. Al entrar, de inmediato la hicieron firmar un sinnúmero de papeles, quitarse toda la ropa y dejarlo todo. Sin celular, libros, prendas, manual de parto, su doula y tampoco a su fiel acompañante (su esposo) para ser amarrada con las correas de monitoreo fetal para evaluar el movimiento.

Nunca hablaron de horas. Su esposo y ella pensaron que máximo serían cuatro. Le pusieron antibióticos por vena y una droga que la hacía dormir. Pasaron las horas y las horas. Llegó el 22 de marzo, ella había pedido que la levantaran para bañarse, pero como no llegaron se paró y se bañó. Fue amonestada innecesariamente por no esperar. En la mañana, a las 6:30, el doctor hizo su visita de rutina. La revisó, el trazado estaba perfecto, los latidos, los movimientos, en fin todo parecía que le darían de alta, pero no fue así. Una aparente placenta calcificada fue la segunda causa para continuar allí en aquella sala de parto, sin comida, sin hablar con nadie, sin su esposo quien estaba desde el día anterior en la sala de espera. El médico hizo el chequeo vaginal, esa vez fue demasiado doloroso. Le indicó que estaba en dos centímetros y que no pondría medicamento pues las contracciones estaban regulares, solo restaba esperar.

Al paso de las horas, nadie había entrado, y ella dormía. Se levanta y comienza a trabajar unos ejercicios de relajación para manejar el dolor de las contracciones. Entra una de las enfermeras y le dice: “estás poniendo el bebé en peligro con eso que estás haciendo, no te muevas y acuéstate a dormir”. La embarazada le dice a la enfermera que tenía hambre que por favor le dieran agua y le permitieran bañarse, porque había llamado para ir al baño y como no respondieron no pudo aguantar y se orinó encima. Ellas se niegan. El doctor regresa a las dos de la tarde y la bebé se había salido del canal. Las contracciones habían parado, pero él no se quería arriesgar, así que vuelve a dejarla y sigue con sus pacientes. Ya, a las siete de la noche ella no aguantó y comenzó a llorar. Se sentía sola y estaba desesperada. Quería comer, quería salir, quería irse de ese lugar. Una enfermera entró y le dijo al médico: “Rájala que ella está ahí llorando’’. En ese instante, él verificó el trazado y dijo que los latidos bajaron y que él no se iba a arriesgar.

Varios minutos después le permiten pasar a su madre y a su esposo. No les permiten llamar a la doula. La preparan para la noticia, sería cesárea. Hubo un largo silencio acompañado de más lágrimas. “¿Cómo era posible si no había nada mal?”, ella cuestionó. El médico le responde: “El Universo conspira para que no puedas parir, yo quería, pero no se puede, no me voy a arriesgar’’. Durante la operación el personal médico solo habló de todas las que habían admitido a sala. Para ser un martes era la cesárea número doce de ese doctor y apenas eran las ocho de la noche. Ella le dijo a su esposo: “Esto no era, yo puedo parir”. Las cosas se complicaron, le dan un medicamento para calmarla y así se fue inconsciente, no recuerda cuando nació su bebé, no recuerda cuando la besó, no recuerda cuando su esposo se fue.

A las dos horas se levantó. Se siente igual, nada de emociones, nada de alegrías, dolor físico y tristeza. Habían transcurrido doce horas desde el parto y todavía no conocía a su bebé. Fue en el cuarto de lactancia dónde pudo verla, olerla y sentirla por primera vez. No podía creer que fuese de ella. La pegó en su pecho y así comenzó una historia nueva. No le permitieron traerla con pujo y amor, tocarla y darle calor. La privaron de ese momento. No sintió esa llamada alegría desbordada por tener a su bebé en sus brazos, el desapego fue el causante

La lactancia fue el vínculo de sanación y amor para ellas. Fueron maltratadas en un hospital y violadas con un bisturí. A ella la privaron de vivir en armonía el momento que jamás volverá. Esto ocurrió en Puerto Rico y fue a mí a quien maltrataron. Me abrieron dos heridas, una en el cuerpo y otra en el corazón. Se supone que ese 22 de marzo celebrara el día de aquellos guerreros que lucharon por sus cuerpos y por su paz, por vivir en amor y ser libres. Pero mientras se celebraba este día, yo estaba siendo amarrada, ignorada y tratada de forma inhumana: sin comer, sin poder hablar, sin poder escoger y lo peor de todo con mi hija arrebatada de manera violenta. ¿Acaso eso es libertad? ¿Acaso merecíamos eso? ¿Acaso era la mejor alternativa? Definitivamente no.

Al igual que yo, miles de mujeres puertorriqueñas son sometidas anualmente a este tipo de trato desalmado. Merecemos tener un proceso en armonía, natural, sin medicaciones innecesarias, sin procedimientos rutinarios que alteren el proceso, sin maltrato de los empleados del hospital. Nuestros bebés merecen nacer en un ambiente relajado, lleno de buenas energías, a su ritmo a su tiempo, merecemos un proceso de paz y libertad.

Actualmente nos encontramos en la aventura de un nuevo embarazo, esta vez distinto, enfocada, feliz, segura. Cuento con un equipo de trabajo fabuloso, una grandiosa doula, un médico que cree 100% en mi. Ya escribiendo lo que será una historia fantástica, sin miedo, temores, maltrato. Dónde solamente yo decido, donde soy libre, donde lo único que se vale es creer y confiar. Fluyendo, creciendo y amando cada día el privilegio de gozar de una educación, de un proceso de sanación de querer traer a mi bebé en paz. Vamos por un VBAC, por una transformación….

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3 pensamientos en “Esclavos del Bisturí

  1. Me identifico contigo. Solo acaricia en tu corazon lo que deseas. Dios te lo concedera. Yo tuve un VBAC aproximadamente dos meses atras y ahora mi historia es diferente. Un abrazo.

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