La historia de parto por los ojos del padre.

Naturaleza y voluntad: Rocío como expresión del plan maestro

Por: Javier Villar Rosa

“Lograr un parto humanizado requiere de sacrificio.”

Rocío del Mar Villar Caldari nació en casa el 21 de enero de 2011, luego de 17 de horas de parto. Su llegada fue un momento importantísimo en mi vida, definitivo, tal vez por eso creo fielmente que las palabras se quedarán cortas siempre. En todo caso, puedo describir con cierta exactitud el momento en que asomo por primera vez su cabeza, abrió y los ojos y me miró. En ese instante pasó un viento por la habitación y las cortinas se abrieron un poco, un rayo de luz ilumino las caras.

Aún no terminaba el calvario de Vanessa pero se hizo inminente que el suyo sería un alumbramiento sin contratiempos.

Se dice que el espíritu es la manifestación incorpórea de nuestro cuerpo humano. Se aferran a dicha creencia quiénes hacen uso de la fe. Se dice que podemos ser inmortales, trascender, se dice que hay un más allá. No obstante, nada de eso pasa por la cabeza de quién ve a un ser nacer. Lo que se respira es precisamente la mortalidad, la frágil y efímera fibra de nuestra constitución física, que apenas con un ligero desvío podría culminar en tragedia.

En ciertos momentos de la labor de parto imaginé cosas terribles; por ejemplo: antes de coronar, en la etapas finales de pujar, justo cuando Rita Aparicio y Debbie Díaz, entrañables amigas y parteras de primer orden, buscaban el corazón de la bebé por medio de un instrumento que llaman Doppler, pasaba siempre al menos un minuto antes de que dieran con la señal de los latidos de su corazón.

Mientras no sonaba yo la imaginaba fallecida y sentía un pánico terrible y me sentía responsable.

– ¡Debí insistir que pariéramos en el Hospital! Estamos locos… pensaba para mis adentros.

Luego estuvo el ver de cerca el dolor desgarrador de la mamá. Ella no puede escaparlo por medio de la naturaleza, sólo mediante la vía sintética, si acaso. La naturaleza dijo esto te costará la inocencia y te quitará por siempre la ilusión de jamás sufrir como si fueras a morir. Una vez más, el momento de dar a luz invocando metáforas de la muerte.

En ciertos momentos creí estar presenciando como descuartizaban en vida a mi esposa, con las manos atadas, sin poder hacer nada, pálido, desprovisto de recursos, a merced del destino. Con humildad tuve que rezar, al Dios que sea o al que no, rezarle a la creación porque mi bebé no pasara a mejor vida antes de siquiera nacer. Entendí el alcance de la palabra mortal.

Vanessa y yo no somos ajenos a las críticas que hacen al movimiento del parto humanizado. Por un lado tenemos al complejo médico-industrial, que en Puerto Rico parece haber aceptado ciegamente la premisa de que un parto es más seguro por medio de la cesárea. Por otro lado están los pregoneros de la catástrofe, aquellos que planean su vida basándose en la premisa que con certeza se dará el peor desenlace de todos. Ahí están aquellos que tildan de irresponsable y osados a aquellos de nosotros que optamos por tomar la ruta ancestral.

Debo aceptar en todo caso, que también pensé en ellos durante el parto. Me hice la pregunta si no eran ellos quienes tenían la razón y yo quién insistía en jugar al riesgo con la salud de mi primogénita. Entonces entendí que el concepto mismo de “razón” se tornaba irrelevante.

El parto humanizado requiere sacrificar la razón en pro de una sabiduría visceral y milenaria, que se expresa sin cálculos científicos y se basa más en la costumbre que en el método. Este pequeño sacrificio requiere que la mujer abandone su cuerpo y mente y se entrega a la vorágine de un proceso desgarrador. Del hombre requiere que abandone su ilusa expectativa de ejercer control, que acepte su rol naturalmente complementario más no protagónico.

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Por eso suele suceder que hay obstáculos y tranques, que si bien tienen efectos físicos – como por ejemplo un freno súbito en las contracciones – encuentran origen en la psiquis.

Vanessa coronó cuando ya su mente no estaba ahí, cuando estaba flotando por encima de todos los presentes, cuando dejó de ser ente pensante para convertirse en un ente vibrante. En un concierto involuntario de desorden y entropía, trasfondo irracional en extremo, así nació mi hija. Hubo que sacrificar nuestro ego para dar origen a otro humano.

Su nacimiento, por tanto, fue perfecto y no cuantificable desde la ciencia.

Hoy en día me pellizco cuando veo a la preciosa Rocío del Mar, balbuceando, gateando, haciendo amagos de caminar. No cambió por nada del mundo haber estado con ella desde que nació, sin separarme ni un segundo, ni haber puesto a prueba mi capacidad de aguantar presión, ni de presenciar la hazaña de mi amada esposa, ni tampoco haberle dado a mi mamá el regalo de compartir conmigo semejante hito. Siento que mi corazón estalla en treinta mil pedazos cada vez que me sonríe o reposa su cabecita sobre mi hombro, es el milagro de lo que podemos llegar a vivir sin hacer el esfuerzo de pensar.

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Doy gracias por tener la suerte de haber presenciado estas revelaciones, por haber instintivamente escogido la ruta más difícil ya que puedo asegurar era la más certera. De haberme aferrado al frío devenir del pensamiento analítico, de haber sucumbido a la tentación de controlar el riesgo eliminando así el sentimiento, habría perdido la oportunidad de conocer quién soy en verdad.

Se me ocurre que ese día hubo, de hecho, una muerte. Murió ese otro yo que miraba el mundo desde un prisma unitario e individualista. Murió el que dudaba si podría cambiar pañales, dormir poco, consolar un criatura llorando a grito pelado, enseñarle palabritas. Murió ese y nació, junto con la bebita, un nuevo yo que sin duda acepta todos esos retos y más, es más los acepta con gusto.

Prefiero estar con mi hija que cualquier otra cosa, ha colmado de significado mi vida, ha dado norte a mis anhelos y planes, ha puesto aire bajo mis alas. Y todo empezó ese 21 de enero, luego de varias horas de dudar, sufrir, pensar que tal vez no. ¡Que ironía: la felicidad más profunda resulta ser una recompensa por enfrentar la prueba más dura de todas!

No me creí capaz de ganar tanto sacrificando un poco. ¡Te amo mi divina Rocío del Mar!

Vanessa es partera. Para leer su historia desde el punto de vista de su hermana, oprime AQUÌ.

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